La atmósfera en la habitación cambió, volviéndose frágil y cortante. La calidez del reencuentro se evaporó, aplastada por la desconfianza que Chloe había vuelto a alzar entre ellos como un muro de acero.
Brendan permanecía inmóvil, con las manos vacías donde segundos antes había sostenido a la mujer que había amado desde niños.
—No confías en mí —dijo él. No fué una pregunta, sino una constatación amarga.
—Creo en lo que veo, Brendan —respondió ella, su voz firme aunque por dentro temblaba—. Y