El silencio que siguió a su acusación fue pesado y denso. Brendan permaneció de espaldas a ella, su cuerpo una silueta de tensión contra el gris de la ventana.
Chloe sintió su propia respiración, áspera y temblorosa, mientras la adrenalina de la confrontación la mantenía en pie. Había lanzado su última daga, acusándolo de venganza, y ahora esperaba el golpe de vuelta.
Él no se movió.
—¿Eso es lo que crees? —dijo al fin, su voz apagada, absorbida por el terciopelo de las cortinas.
—Es la única