83. Fuera de mi casa
Las manos de Medea temblaban mientras terminaba de vestir a su hija. En su rostro se reflejaba una preocupación profunda, tan evidente que la pequeña no pudo evitar alzar su manita para acariciarle la mejilla.
—¿Qué tienes, mami?
Medea levantó la mirada y le dedicó una sonrisa triste.
—Hoy empiezas la quimioterapia, mi vida —le dijo, tomando sus diminutas manos entre las suyas—. Tendrás que quedarte en el hospital por un tiempo.
—¿Por qué? —preguntó la niña, con los ojos humedecidos.
—Para que