18. Amante dolida
Por la mañana, los primeros rayos de sol se filtraron por la ventana. Medea entreabrió los ojos, pero los cerró de inmediato; la luz le ardía y le molestaba al intentar enfocar la vista.
Sintió un peso a su lado: era su marido, que aún dormía en la cama con ella, abrazándola desde atrás como solían hacerlo en los viejos tiempos. Había cumplido su promesa de quedarse con ella y cuidarla durante la noche. Para su fortuna, Elian no intentó nada; solo la abrazó y durmieron juntos como hacía mucho n