14. Veneno
Los días transcurrían con lentitud mientras Medea se reponía poco a poco. No abandonaba su habitación; prácticamente permanecía recluida, aunque no ajena a lo que sucedía a su alrededor. Tenía aliados desplegados por todos los rincones de la casa, y estaba al tanto de cada movimiento de su esposo y de Saphira, quien no había vuelto a hacer berrinches desde la última vez que ella le marcó los límites.
—¿Él ya se marchó? —inquirió a la joven sirvienta que le traía la medicina—. ¿Y Saphira?
—El se