Al día siguiente, Viena llegó temprano a la mansión Uresti para ayudar a Paula con las niñas.
La luz de la mañana entraba por las ventanas, iluminando la sala con un resplandor cálido y tranquilo, pero en el interior de Viena, la calma era imposible.
Observó a las pequeñas correr alrededor con risas alegres, completamente ajenas a los conflictos que atravesaban los adultos.
Paula sonrió al verlas, su felicidad se notaba en cada gesto, en cada mirada que dedicaba a sus hijas.
—Son hermosas —dijo