El doctor llegó a la mansión con rapidez, eso al menos calmó la angustia de Viena.
Su paso era firme, decidido, y su mirada recorría con rapidez el entorno mientras cargaba su maletín de cuero. Al instante se dirigió hacia el pequeño Rafael, que yacía sobre la cama con el rostro enrojecido por la fiebre y la debilidad que lo hacía casi irreconocible.
Viena entró apresurada detrás de él, con el corazón, latiéndole tan rápido que sentía que iba a salirse del pecho.
Norman la seguía a un paso más l