Las mucamas no dudaron ni un segundo en lanzarse contra Viena.
Una la sostuvo con fuerza por los brazos, inmovilizándola, mientras la otra comenzó a golpearla con una brutalidad que le arrancó un grito de dolor.
—¡Deténganse! —rugió Viena, intentando liberarse.
Rafael lloraba desconsolado, sus ojitos enrojecidos de miedo, pero en medio del caos logró salir corriendo.
Su pequeño corazón latía con desesperación, como si supiera que su madre corría peligro real.
En el pasillo, se encontró con Norma