Norman abrió la puerta con violencia, su figura imponente llenó la sala como una sombra. Su voz tronó con la fuerza de un martillo contra el hierro.
—¡Ustedes están despedidas! —sentenció con una dureza que no admitía réplica—. Vayan con el ama de llaves, recojan su dinero y sus pertenencias. ¡Ayer enviaron a Viena afuera, bajo la lluvia, no la dejaron volver por toda la noche! ¿Qué pretendían? ¿Matarla?
El silencio se hizo espeso.
Las mucamas se miraron entre ellas, aterradas, como si la senten