Javier se quedó de piedra al verlos besarse.
La imagen lo atravesó como un cuchillo helado: Norman sosteniendo a Paula con firmeza, sus labios unidos, como si todo lo demás dejara de existir.
No lo esperaba.
Sintió un dolor que ardía en sus entrañas, un ardor que subía a su garganta como un grito contenido.
El pecho le pesaba, como si en cualquier momento fuese a colapsar.
De pronto, se sintió pequeño, vulnerable, con un deseo desesperado de alejar a su mujer de esos brazos.
Pero no iba a gritar