Felicia se levantó de golpe, como si un rayo la hubiera atravesado.
Miró al abogado con ojos encendidos de impaciencia.
—¡Quiero escuchar su voz! —exigió, con un tono que no admitía réplica.
El hombre, que no solo era su abogado, sino también su cómplice de confianza en aquella guerra silenciosa por el poder, asintió con un leve gesto.
De inmediato le indicó a su joven asistente que se retirara del despacho.
Cuando la puerta se cerró, la tensión se hizo más espesa que el aire mismo.
Con dedos te