Paula tomó la mano arrugada de la anciana y comenzaron a alejarse a toda prisa.
A cada paso, el miedo se hacía más pesado, como si llevara cadenas en los tobillos.
—¿Qué sucede, niña? —preguntó la anciana con voz entrecortada, apenas pudiendo seguirle el ritmo.
—¡Ella… la mujer que quiere matarme! ¡Está aquí! ¡Felicia me encontró! —dijo Paula, con los ojos desorbitados por el terror, como si acabara de ver a la misma muerte.
La anciana se detuvo un instante, sujetando sus manos. A pesar del temb