Ezequiel se paró en la acera frente a la calle, desde allí, de pie, con las manos en los bolsillos, observó los restos de sangre que la lluvia no había logrado arrastrar, y por más que quiso, no pudo hacer que las lágrimas le salieran de los ojos. Ya había llorado mucho, tanto que no le quedó de otra que salir de su miseria e ir a la casa de Harrison. El hombre había insistido rotundamente en que debían encontrarse y Ezequiel quiso pensar que sabía el paradero de Eloísa.
Lucas lo abrazó por de