Eloísa tomó de la muñeca a Lucía y la levantó de la cama prácticamente a rastras, tenía el corazón acelerado y el dolor de la pierna le impedía caminar con habilidad, pero no le importó.
—¿De qué hablas? —le preguntó la muchacha delgadita y Eloísa la tomó por los hombros.
—Luther no nos vigila —le dijo ella en un susurro —solo hay un par de hombres en las entradas, pero pasé un rato buscando una salida y la encontré —Lucía parecía desconcentrada y Eloísa la vio dudar por un momento.
—¿Y qué