—Anastasia —Sebastián susurró su nombre—. ¿Qué estarás pensando de mí en este momento, mi amor?
Aquella pregunta se le clavó en el medio del pecho. Aunque intentara negárselo a sí mismo, lo que sentía por ella no era un simple deseo físico ni una simple atracción.
Se había enamorado –inevitablemente– de la hija del hombre que había jurado destruir.
La amaba… amaba a Anastasia.
Sebastián se incorporó de pronto. Caminó de un lado a otro de la habitación. Tenía que verla, tenía que buscarl