Apenas Emma regresó a la mansión de los Belmonte, se dirigió directamente hacia la habitación de Gisela.
Ni siquiera había terminado de levantar la mano cuando la puerta se abrió de golpe. La mujer llevaba varios minutos caminando de un lado a otro, incapaz de permanecer quieta.
—¡Al fin llegas! —exclamó con impaciencia—. Habla ¿qué averiguaste?
Emma todavía respiraba con dificultad por la prisa con la que había subido las escaleras. Tomó aire y le respondió:
—No pude hablar con él, señora…