Gisela tomó asiento al borde de la cama mientras Anastasia la observaba aún confundida. Si no tuviera los ojos abiertos, pensaría que era un sueño, o que su madre había sido abducida por un platillo volador y en su lugar hubieran dejado a aquella mujer desconocida.
Anastasia cerró los ojos durante unos segundos y volvió a abrirlos. Finalmente habló:
—Sebastián me mintió —dijo con firmeza—. No quiero saber nada de él, mamá.
—Pero, hija… tú lo quieres. Eso puedo verlo en tus ojos.
Anastasia