El elegante coche negro se detuvo frente al restaurante.
Gisela apagó el motor y permaneció unos segundos con ambas manos apoyadas sobre el volante. Su mente seguía girando alrededor de un único pensamiento. El de recuperar los documentos que Sebastián Duarte le había robado.
Aquel impostor había logrado entrar en su casa, engañar a todos y, lo que era aún peor, llevarse los documentos que durante tantos años habían permanecido ocultos en la biblioteca de los Belmonte.
Respiró hondo, tomó