Con resaca despertó Donato, al abrir los ojos Bruno le brindó una taza con café y se ubicó frente a él, con cara de los mil demonios se dispuso a delegar, había ido con solo un propósito, encontrar a Fiorella.
—Señor, Salvatore tenía razón, el apartamento ya no le pertenece a tu esposa —Donato gruño—. Estoy seguro que en la empresa que manejó seguramente dejó algún rastro.
—Muy bien, iremos...
Donato se mostraba furioso, e impaciente, tenía asuntos de prioridad en Italiana, pero allí estaba en Nueva York buscando a la mujer que un día tuvo bajo el mismo techo.
Donato y su gente se dirigieron a la empresa, el auto se detuvo frente a la entrada principal, Bruno intentó descender, pero Donato levantó la mano impidiendo que lo hiciera.
—Esperaremos, no podemos mostrarnos en público y menos para buscar a Fiorella —espeto Donato mientras su mirada estaba fija en la entrada.
Los minutos transcurrieron, Donato se mostraba impaciente al ver que la mayor parte del personal había ingresado, pero