Vuelvo del entrenamiento, noto el cambio apenas cruzo el pasillo principal: velas encendidas, flores en jarrones, un aroma dulce que no pertenece a la cocina común.
Brenna me detiene cerca de las escaleras.
—Mi Alfa… la señora Aria lo espera en el comedor pequeño.
Asiento sin decir nada.
Entro al comedor y la encuentro de pie junto a la mesa. Viste un vestido oscuro, el cabello recogido, la postura perfecta. Sobre la mesa hay vino, carne, pan caliente. Todo cuidadosamente colocado, como si fuera una escena ensayada.
—Pensé que podíamos comer en paz —dice.
Me siento. Ella sirve el vino.
—¿Qué quieres, Aria? —pregunto directo.
—Que dejemos de fingir —responde, y toma asiento frente a mí—. El consejo ya te hizo tomar una decisión. La manada ya te ve con otra Luna. Pero tú… tú sigues lejos.
No aparto la mirada.
—Estoy aquí.
—No estás conmigo —corrige.
La cena avanza sin que yo coma demasiado. Aria habla de cosas pequeñas: aldeas, rutas, guardias. Lo hace bien. Siempre lo ha hecho bien. P