Me quedo inmóvil en la cocina, con el vaso vacío en la mano y la camisa del hombre empapada.
Él me mira como si hubiera visto un fantasma.
—Selara… —dice, automático.
Yo aprieto la mandíbula.
—No… —corrige, lento—. Tú eres la sustituta.
Mi garganta se cierra.
Doy un paso atrás.
—No sé de qué hablas —miento, porque es lo único que puedo hacer.
El hombre se ríe por lo bajo, con desprecio.
—¿Dónde está Selara? —pregunta.
—No lo sé —respondo, y esta vez es verdad.
Él se acerca un poco.
—Huyó como perra asustada —escupe—. Me dejó tirado. Me dejó con problemas. Y ahora te encuentro aquí… como si nada.
Yo intento rodearlo.
—Tengo que irme.
Su mano se mueve rápido y me bloquea el paso con el cuerpo.
—No te vas hasta que me digas dónde está.
Antes de que yo responda, se escucha una voz detrás.
—¿Qué está pasando aquí?
Violeta.
Me giro y la veo en la puerta. Mira al hombre, luego me mira a mí.
El hombre se endereza como si cambiara de papel.
—Solo estaba conociendo a…
—…la enfermera de mi abuel