Me quedo inmóvil en la cocina, con el vaso vacío en la mano y la camisa del hombre empapada.
Él me mira como si hubiera visto un fantasma.
—Selara… —dice, automático.
Yo aprieto la mandíbula.
—No… —corrige, lento—. Tú eres la sustituta.
Mi garganta se cierra.
Doy un paso atrás.
—No sé de qué hablas —miento, porque es lo único que puedo hacer.
El hombre se ríe por lo bajo, con desprecio.
—¿Dónde está Selara? —pregunta.
—No lo sé —respondo, y esta vez es verdad.
Él se acerca un poco.
—Huyó como p