CAPÍTULO 57

El médico llega esa misma tarde.

Evelyn está sentada en la cama, con la espalda apoyada en la pared para no cansarse. Sus manos están frías. Sus labios, pálidos.

—¿Desde cuándo está así? —pregunta el médico, mirando primero a Evelyn y luego a mí.

—Desde hace años —respondo bajito—. Ya recibía diálisis antes de… antes de llegar aquí.

La palabra “diálisis” cae pesado en el cuarto. El médico no se sorprende. Solo asiente, como si ese dato le diera el mapa completo.

La revisa sin lastimarla. Toca abdomen, mira ojos, revisa piernas por hinchazón, toma pulso, le hace preguntas simples: dolor, náuseas, mareo, orina, sueño.

Evelyn intenta verse fuerte.

—Estoy bien —dice.

El médico la mira sin dureza, pero con autoridad.

—No estás bien. Estás aguantando.

Evelyn baja la vista.

Yo aprieto los dedos contra mi falda. Me cuesta respirar normal cuando la veo así.

El médico abre su maletín y saca una libreta.

—Necesito saber qué tratamiento recibía. Dosis, frecuencia de diálisis, en qué clínica, qué
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