CAPÍTULO 40

Narrado por Eryon

La noche se tragó el bosque, pero no se tragó mi rabia.

Corremos entre árboles húmedos, raíces traicioneras y sombras que se estiran como garras. Más de una hora. Y nada.

Ni un grito.

Ni una huella fresca.

Ni sangre.

Ni el sonido torpe de una humana corriendo sin saber que el bosque escucha.

—Se la llevó alguien —escupe Aria, caminando a mi lado—. No pudo desaparecer así. Alguien tuvo que ayudarla.

Mis betas olfatean el suelo, rodean el perímetro, revisan los senderos que conducen al muro. Todo está limpio. Demasiado limpio.

—Tu Luna fue astuta —insiste Aria, y esa frase me araña por dentro—. Te tuvo ocupado mientras la humana escapaba. Sabe cómo controlarte.

Vuelvo el rostro despacio.

Aria sostiene mi mirada, como si quisiera ponerme la culpa en las manos y obligarme a aceptarla.

—Cuidado —le advierto.

—Estoy diciendo lo obvio, mi Alfa.

Bardok se detiene de golpe y gira hacia ella.

—Lo obvio es que hablas demasiado —dice con frialdad—. Selara no tiene esas habilidad
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