Narrado por Myra
Cinco días.
Cinco días desde que Evelyn salió del calabozo.
Cinco días en los que he vivido con el corazón dividido, y aun así… he sido feliz.
Me odio por eso.
Porque la felicidad no debería crecer en una mentira.
Pero creció.
Ha crecido en sus manos. En sus besos. En la forma en que me toma por la cintura cuando cree que me estoy alejando. En las noches en las que hemos hecho el amor en lugares que nunca deberían haber sido sagrados: contra una pared del pasillo, sobre la alfombra frente a la chimenea, en la bañera que todavía huele a lavanda, en el balcón cuando el viento traía la luna como una bendición.
Eryon no pide.
Eryon reclama.
Y yo… yo lo dejo.
Porque mi cuerpo ya no sabe fingir indiferencia.
Llegamos a la aldea. El sendero principal está bloqueado por un árbol enorme y enredado en raíces.
Un omega mayor se adelanta, con voz temblorosa.
—Mi Alfa… no pudimos moverlo. Los niños se quedaron sin paso… y hay familias enfermas. No entra comida, no sale ayuda.
Eryo