Narrado por Myra
Brenna se va cuando la última flor cae dentro del agua.
La bañera humea como si el vapor tuviera memoria: lavanda, raíces dulces, hojas que la manada usa para “calmar al lobo”, como dicen ellos. El olor me envuelve y por un instante me engaña. Por un instante creo que puedo respirar sin pensar en barrotes, en piedra fría, en Evelyn encogida como un animal asustado.
—Gracias —le digo a Brenna mientras acomoda las toallas—. De verdad.
Ella me mira con esa devoción tranquila que me incomoda más que los insultos. Porque su fe no me pertenece.
—Es mi deber, mi Luna —responde, y sonríe apenas—. Además… el Alfa está más tranquilo cuando usted está cerca.
Me obligo a asentir como si “tranquilo” fuera una palabra posible para alguien como Eryon.
Cuando Brenna se va, el silencio del pasillo me cae encima. Camino con el pulso tenso. Cada paso hacia el estudio es un paso lejos del calabozo. Y aun así… tengo que hacerlo. Tengo que mantenerlo aquí. Tengo que mantenerlo conmigo. No