Narrado por Myra
Bardok camina a mi lado como si el dolor fuera un detalle sin importancia, pero su brazo izquierdo está empapado, y cada paso deja una gota oscura sobre la hierba.
—No mires —gruñe, como si mi atención lo ofendiera.
—Esa herida me preocupa —respondo sin bajar la vista—. La plata te puede matar.
Me mira de reojo. Ese brillo plateado en sus ojos no es ira. Es otra cosa. Una fisura. Un “gracias” que no sabe pronunciar.
Lo llevo por el sendero más corto hacia el castillo.
En el mun