Narrado por Myra
Bardok camina a mi lado como si el dolor fuera un detalle sin importancia, pero su brazo izquierdo está empapado, y cada paso deja una gota oscura sobre la hierba.
—No mires —gruñe, como si mi atención lo ofendiera.
—Esa herida me preocupa —respondo sin bajar la vista—. La plata te puede matar.
Me mira de reojo. Ese brillo plateado en sus ojos no es ira. Es otra cosa. Una fisura. Un “gracias” que no sabe pronunciar.
Lo llevo por el sendero más corto hacia el castillo.
En el mundo humano, un herido así habría sentido el frío mordiendo la piel. Aquí… el bosque parece inclinarse para protegerlo. Como si la naturaleza supiera que él la defiende.
Pero la sangre sigue siendo sangre.
Eryon nos ve llegar y corre hacia nosotros.
—¿Quién lo hizo? —pregunta Eryon, por fin, con voz baja.
No me pregunta si estoy bien. No me pregunta si tengo miedo. Me pregunta lo único que de verdad le importa cuando se trata de su reino: el enemigo.
Aprieto la tela que usé como venda improvisada