Narrado por Eryon
Camino hacia la habitación de Selara. No recuerdo haber sentido esto en años: el pecho apretado, la respiración agitada, la mente revuelta como un río crecido.
La imagen no deja de repetirse:
Mi Luna, erguida frente al Consejo.
Sin temblar.
Sin retroceder.
Sin pedirme permiso.
Esa no era la Selara que conocía.
La Selara de antes habría gritado, llorado, manipulado, convertido cada mirada en un arma.
Ella no.
Ella se paró como una columna de luna y acero.
Y yo… no sé qué hacer con esto.
Abro la puerta sin anunciarme.
Selara está ahí, de pie, como si anticipara mi llegada.
Sus ojos se encuentran con los míos, y por primera vez en mucho tiempo, siento que no puedo leerla. Siento que no soy yo quien domina la situación.
—Selara —mi voz sale baja, cargada—. Lo siento…
Ella no retrocede.
No se encoge.
No desvía la mirada.
—Debiste escucharme primero antes de encerrarme. —responde, tranquila.
Su calma me irrita y, al mismo tiempo, me intriga.
—Si me hubieras di