CAPÍTULO 23
El agua cae sobre mis hombros como un abrazo tibio que no merezco, o como un intento torpe de borrar la sangre que todavía siento pegada a mis manos.

Brenna me frota los brazos con suavidad, como si fuera una niña que volvió herida del bosque.

—Mi Luna… —susurra con voz temblorosa—. No tiene sentido, ninguno. Usted nunca haría algo así… ¿verdad?

Cierro los ojos.

Si digo la verdad, muero.

Si miento, tal vez también.

—No recuerdo nada —respondo bajito.

Es lo único seguro que puedo decir.

Brenna respira hondo y continúa bañándome. Me lava el cabello con una mezcla de hierbas que huele a lavanda y tierra mojada. Antes disfrutaba esos aromas. Ahora me asfixian.

Siento el nudo en mi garganta romperse un poco.

Tengo miedo.

Por primera vez desde que crucé el muro… tengo verdadero miedo.

Cuando Brenna me ayuda a ponerme una túnica limpia, escuchamos pasos apresurados en el pasillo.

Pasos pesados.

Furiosos.

El aire se vuelve denso.

—Es el Alfa —susurra Brenna, pal
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