No hay necesidad de movernos mucho de nuestra manada, porque llegan acorralándonos.
El aire es un peso frío sobre mi piel. El silencio es lo más aterrador de todo, un vacío que la naturaleza ha dejado. El viento no susurra, las hojas no crujen, y el canto de los grillos ha desaparecido. El terror que sentía por la ceguera de mis poderes se calma. No sé qué sucederá, pero sé que no estoy sola.
Mi padre está del otro lado, su presencia una roca sólida en medio de mi ansiedad. Mi mano, aún entrela