Acomodada de nuevo en el piso de Sandra, mi amiga tan feliz, tan radiante, tan entera, tan ella.
Si no fuera porque al contarle mi situación actual, sus ojos más grandes que de costumbre al encontrarse con los míos, dan paso a la inquietud. Se la he trasladado y, al ver su expresión, el llanto reaparece en mi garganta.
―Pobre Elisa ―oigo que me susurra mientras sus manos me rodean mi espalda rígida.
―No te compadezcas de mí, Sandra ―le digo entre sollozos fuertes.
―No es eso, perdóname.
Pero sé