CAPÍTULO 36

La estación de autobuses está casi desierta a estas horas y hurgo en mi bolso buscando la tarjeta del bus. Susana vive en las afueras de la ciudad cómo me ha indicado por teléfono.

Un hombre con los pantalones gastados, y la chaqueta raída, vocifera a los cuatro vientos:

—¡Un eurito para Paquito!

Lo observo detenidamente, las pocas personas, que hay a su alrededor, lo evitan como si fuera un apestado, pues el hombre se nota a la legua que se ha pasado con el alcohol.

El hombre, con una botella
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