CAPÍTULO 22

Sé que Luis no puede evitarme, aunque quiera, porque el destino se ha encargado de que nos crucemos en la misma acera. Se me queda mirando fijamente, pero sin pronunciar palabra alguna en la calle desierta, porque parece que haya desaparecido todo el mobiliario urbano para acercarnos de nuevo.

Nuestros espejos se contemplan largamente. Sólo él y yo, en la inmensidad del asfalto.

―Hola Luis ―rompo el silencio―. Lo siento mucho…

―Ya… pero lo hubieras tenido que pensar antes. ¿No crees?

―Cierto.
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