Me vuelven a hacer varias preguntas, que disparan mis latidos. Al final, me arrojo al suelo de rodillas y le digo al policía:
―Señor, yo no he hecho nada. Mírame, no tengo fuerzas para arrastrar un cadáver.
Espero que mis palabras causen el efecto que busco. Mi cuerpo es menudo, comparado con el de Luz. Ella, aunque delgada, era bastante más alta que yo.
―Siéntese, señorita Mejías ―me ordena el policía con voz de trueno―. Dígame ¿qué hacía en la playa a aquellas horas de la noche en pleno mes d