El reloj marcaba las ocho de la mañana cuando Isabela llegó al edificio de Luján Enterprises, como siempre, la primera en llegar. Su vida, sumida en una constante lucha por el control, la había llevado a desarrollar una disciplina que no permitía fisuras. Nadie podría acusarla de falta de dedicación. Caminó por el pasillo de mármol, cada paso resonando en la quietud de la mañana. Aunque el día aún no había comenzado, la pesada atmósfera de la empresa reflejaba la tensión que se había apoderado