La noche se deslizaba como tinta derramada sobre el castillo de Norvhar. Liria permanecía despierta, con los ojos fijos en el techo de su habitación mientras las sombras danzaban al ritmo de la única vela que iluminaba su alcoba. El descubrimiento del día anterior —aquella piedra suelta tras el tapiz de su habitación— la mantenía en vela.
Cuando el reloj de la torre marcó la medianoche, se incorporó. El castillo dormía, pero ella no. Con dedos temblorosos, apartó el pesado tapiz que ocultaba la