El chasquido fue apenas audible, un sonido seco que precedió al colapso total. En un segundo, el despacho de Julia, que vibraba con la luz de mil pantallas, se sumergió en una oscuridad absoluta. No era un simple apagón; era un borrado electromagnético localizado. El zumbido de los servidores murió, reemplazado por un silencio sepulcral que solo duró un latido antes de que las alarmas de emergencia, de un rojo sangriento y rítmico, empezaran a girar en el techo.
—¡Sofía, al suelo! —el grito de