El despacho de Julia era un santuario de minimalismo y crueldad tecnológica. Las paredes, paneles de vidrio opaco que solían mostrar gráficos bursátiles, ahora parpadeaban con el código rojo que Sofía había inyectado desde la furgoneta. El olor era una mezcla asfixiante de ozono, café caro y el perfume floral de Julia, que persistía en el aire como un veneno persistente.
Cuando Sofía cruzó el umbral, no encontró a una mujer suplicando clemencia. Julia estaba de pie junto al ventanal, observando