El silencio de la mansión Imperial a las tres de la mañana era una entidad física, una presión en los oídos que hacía que cada latido de Eric sonara como un tambor de guerra. Tras convencer a Julia de que necesitaba descansar solo, Eric se deslizó fuera de su habitación, moviéndose por las sombras del pasillo que conocía desde niño.
Se dirigió al despacho privado de Arthur. Sabía que su padre guardaba lo más sucio en una caja fuerte empotrada detrás de una edición de lujo de La Riqueza de las N