La mansión Imperial se alzaba contra el cielo nocturno como un mausoleo de mármol y soberbia. La lluvia había amainado, dejando tras de sí una niebla espesa que trepaba por las estatuas del jardín. Eric se detuvo ante la gran puerta de roble, temblando no solo por el frío, sino por la magnitud de la mentira que estaba a punto de ejecutar. Se frotó las muñecas, aún rojas por las bridas que Sofía había cortado, y se revolvió el cabello mojado para parecer aún más desquiciado.
En la cabaña de cris