La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por una pequeña lámpara de sal que proyectaba sombras ambarinas sobre las paredes de madera. Elliot estaba sentado en el borde de la cama, sin camisa, intentando con torpeza cambiarse el vendaje del costado. Sus músculos se tensaban con cada movimiento, y un hilo de sudor recorría su columna vertebral. Al verla entrar, se detuvo, pero no cubrió su vulnerabilidad; la desafió con la mirada.
—Leo se ha ido a asegurar el perímetro exterior —dijo Elli