Eric intentó hablar, pero el sonido se ahogó en su garganta seca. Sofía se detuvo a dos metros de él, cruzando los brazos sobre el pecho. No había rastro de la mujer que lo había amado; solo quedaba la programadora analítica que buscaba errores en el código de un hombre defectuoso.
—¿Sabías lo del rastreador? —preguntó ella, sin preámbulos.
—No... te lo juro, Sofía —balbuceó Eric, su voz rota—. Ella me dio el pendrive. Me dijo que era mi única oportunidad de salvarme de la clínica suiza. Me dij