SILVANO DE SANTIS
El despacho de Lucien estaba en silencio. Solo la luz que entraba por los ventanales iluminaba el escritorio. Damián cerró la puerta tras de sí con suavidad, caminando hacia donde yo estaba, con las manos a la espalda como buen soldado.
—¿Funcionó? —pregunté, sin rodeos.
Damián sonrió, cruzando los brazos frente al pecho con ese aire de tipo que sabe que cumplió su misión con excelencia.
—Así parece. Lo vi con mis propios ojos, jefe. Noah ardía. Y cuando digo ardía, me refiero