LUCIEN MORETTI
El silencio pesaba más que cualquier plomo. Me quedé quieto en el umbral de la habitación, con la respiración entrecortada y el pecho latiendo como si hubiera corrido kilómetros. Tía Kate fue la primera en reaccionar: caminó hacia mí con esa elegancia que no necesita esfuerzo, tomó mi mano con firmeza y me atrajo más cerca.
Mamá me acarició el rostro con la suavidad de una madre que parece tener siempre la respuesta al dolor de sus hijos.
—Hijo… —su voz fue apenas un susurro, cál