ANNELISSE DE FILIPPI
La campanita de la puerta sonó con ese tintineo suave que anuncia que algo bueno está por comenzar. El aroma a mantequilla, canela y masa horneada nos envolvió como una caricia. La pastelería de la señora Margarita era exactamente como me la había imaginado: acogedora, con cortinas floreadas, estanterías de madera llenas de frascos de dulces, y una vitrina que parecía sacada de un cuento.
—Esto… es el paraíso —susurré, apretando el brazo de Addy mientras mirábamos los paste