LUCIEN MORETTI
El sol apenas despuntaba en el horizonte de Barcelona, y yo ya llevaba rato despierto. Addy dormía profundamente, envuelta entre las sábanas blancas del hotel y mis brazos que jamás la dejaban. Su cabello caía en ondas sobre la almohada, y su respiración pausada llenaba la habitación de una paz que no sabía cuánto necesitaba hasta ahora.
Me senté al borde de la cama y le acaricié la mejilla. No se movió.
—Duerme, amore… —susurré, y salí en silencio al salón privado del penthouse.