PAOLO MORELOS
Estaba sudando. Y no era por el calor.
Damián tenía la mirada de alguien que no necesitaba un arma para matarte. Le bastaba con observarte… como si calculara dónde enterrarte después de dejarte hecho trizas.
Me aclaré la garganta.
—Bueno… qué gusto conocerte.
Mily sonrió y puso una mano sobre la mía.
—Amor, relájate. Él no es mi hermano. Es solo un amigo de él. Vino a avisarme que se retrasaría un poco.
Parpadeé.
—¿No es tu hermano?
Ella negó con la cabeza, divertida.
—¡No! Mi her