LUCIEN MORETTI
El olor a hospital me revolvía el estómago.
Odiaba los pasillos blancos. Las luces frías.
La forma en que el silencio aquí siempre parece presagiar malas noticias.
Entramos todos juntos a la habitación.
Mi madre estaba recostada en la camilla, con esa sonrisa suya que lo abarca todo, aunque sus ojos estuvieran cansados. El pañuelo en la cabeza no ocultaba su belleza. Ni su fuerza.
—Ahí está mi guapo hijo —dijo al verme, abriendo los brazos.
Caminé hacia ella. No pensé, no respiré