ANNELISSE DE FILIPI
La mansión se sentía vacía, como si ya supiera que íbamos a dejarla atrás. Cada rincón estaba impregnado de recuerdos recientes, de planes secretos, de noches en vela riéndonos y comiendo todos juntos.
Me giré hacia Silvano. Tenía las manos en los bolsillos y la mandíbula apretada. No hacía falta que dijera nada. Yo también lo sentía. Estábamos huyendo, aunque nadie lo llamara así.
—¿Estás bien? —pregunté en voz baja mientras el auto partía.
Él asintió, pero no me miró. Sus