ANNELISSE DE FILIPPI
El estruendo nos sacudió como si una ola invisible hubiera atravesado la sala. Todo vibró: el suelo, las paredes, hasta el aire. Sentí cómo mi corazón me golpeaba las costillas, y en ese instante mi instinto me empujó hacia la ventana más cercana.
Corrí, apartando una cortina con fuerza, y ahí lo vi: hombres armados entrando por el portón principal, con el rostro cubierto, fusiles en alto.
—MlERDA… nos atacan —escupí, girando hacia las demás.
Mily estaba pálida. Ni siquiera