SILVANO DE SANTIS
Una sola luz iluminaba la sala.
Sangraba.
El ardor en mi hombro era constante.
No grave. No letal. Solo un maldito rasguño.
Pero el verdadero dolor no venía de la herida.
Venía del no saber dónde estaba ella.
De haberla escuchado gritar mi nombre mientras caía.
De haber sentido su cuerpo temblar cuando la subían a esa van.
Estaba atado a una silla metálica con una mano esposada a la mesa y la otra libre. El cuarto era lúgubre, con paredes de concreto y una lámpara parpadeante